De cuando la muerte tuvo los ojos de Graciela Iturbide

 Por Miranda Guerrero

Muchos ven la poesía como el único puente hacia el otro mundo… ¿Cómo olvidar ese verso de Cesare Pavese: vendrá la muerte y tendrá tus ojos? Pero en el caso de Graciela Iturbide y su fotografía, la flaca —aquel ser tan mexicano por desgracia o alivio nuestro— no cumplió la sentencia del poeta italiano. Especialmente porque fue la muerte cuya mirada se perdió en la de Graciela.

Y es que como lo explica en una entrevista con Fabienne Bradu, Iturbide encontró la fascinación por la muerte en los rastros de la vida. Desde una fotografía en el cementerio, hasta la de un hombre cargando un féretro, la mirada de Graciela se torna un testigo del deceso de los hombres, aunque sin miedo. En sus imágenes, todas capturadas en blanco y negro —aquel verdadero tono del corazón humano— observamos una reverencia, un homenaje al olvido que no sólo nos remonta a un espacio sin tiempo, también a la obra de otros emblemáticos fotógrafos, como Manuel Álvarez Bravo.

La relación no es casual. El hombre, quien alguna vez escribió “Hay tiempo, hay tiempo” tuvo a Iturbide como alumna mientras ella estudiaba para ser cineasta y le cambió la vida. De acuerdo a Graciela, Manuel Álvarez Bravo le enseñó la verdad sobre la temporalidad mexicana, el misticismo y lo mágico. De allí que muchas de las fotografías de Iturbide nos remonten al imaginario de Rulfo y a los interminables sueños de Susana en Pedro Páramo, aquellos que parecían ocultarla de las pesadillas, pero a nosotros no. Sobre todo porque la fotografía de Graciela es una mirilla a otros mundos, a unos que tal vez es mejor cerrar con llave para no precipitarse en el vacío.

Aunque la nada sea un paraje inhóspito, no impide que haya vida. En muchas fotografías de Iturbide, que curiosamente se llevan a cabo en el desierto, la fotógrafa narra atmósferas donde la mujer es el centro del universo y captura la poesía de su libertad en títulos como “Nuestra señora de las iguanas” o en preciosas series como Juchitlán. De esta manera, Graciela no sólo logra compaginar el espíritu con la imagen, también rescata la escritura, una de sus más grandes pasiones y, hasta ahora, sueño frustrado —o al menos así ella lo confiesa—, pues en un México de los años 60’s y 70’s, la sociedad no veía a la mujer con pluma en mano, sino con una escoba que a veces le hacía más de pala para enterrar las posibilidades de desarrollo intelectual de las mujeres.

Pero más allá de ver las letras como ese campo que nunca logró cruzar, la artista debe darse cuenta que está sumergida en poderes creativos que hasta el más afamado escritor admiraría. Tanto así, que algunas de sus obras han sido acompañadas por textos de otras grandes mujeres, como Elena Poniatowska. Esto no sólo nos prueba que Iturbide ha sido como aquellas aves que suele capturar —trémulas al vuelo pero certeras a su destino— también nos demuestra, que si uno se atreve a mirar fijamente a la vida y preguntarnos, ¿qué queremos? y ¿cómo lograrlo?, podríamos hasta tal vez conquistar la muerte y, de paso, tener sus ojos.

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