Guillermo del Toro y el Realismo Mágico en su cinematografía

Por Miranda Guerrero

¿Qué palabras vienen a nosotros cuando escuchamos hablar sobre el Realismo Mágico? Las respuestas podrían ser demasiadas, casi infinitas. Sobre todo porque, cuando se trata de hablar de un género casi por excelencia mexa, no podemos contenernos. Desde los paisajes desérticos de Rulfo o hasta las mujeres de ojos tristes de Elena Garro, así es el Realismo Mágico, un espíritu mexicano que muta a través del tiempo y que ha probado que puede irse de la literatura al cine.

Y es que, si pensamos en esta convivencia de lo insólito y lo posible, el ejemplo más reciente de este devenir puede verse en Guillermo del Toro, cuyo trabajo le debe más al escritor Juan Rulfo que a cualquier otro cineasta. ¿La razón? Tanto sus paisajes como la personalidad de sus personajes son un retrato de la naturaleza muerta que hay en Pedro Páramo y, en cuanto a sus temáticas de fantasía, ¿acaso no nos recuerdan esos fantasmas con los que Juan Preciado convivía sin temor alguno?

En cada cinta de Guillermo del Toro vivimos la realidad y fantasía en un personaje. Ya sea en una Ofelia o una Elisa Esposito, el espectador tiene la oportunidad de cruzar esa frontera entre lo onírico y real, convirtiéndonos en una joven o un niño que desciende hasta las profundidades del inconsciente para encontrarse con seres tan temibles como “El hombre pálido” del Laberinto del Fauno o monstruos de laboratorio como en el caso de Mimic, donde las bestias modificadas genéticamente son un símbolo de la descomposición del hombre en ambientes urbanos. Ya que, y si seguimos con esta relación del cine de Guillermo de Toro y el Realismo Mágico, el juego con los espacios y la idealizaciones de los lugares rurales se vuelve inevitable.

Cada película de Guillermo del Toro tiene un Macondo o al menos eso es lo que intenta decirnos con sus personajes, los cuales viven en constante pena buscando aquella tierra prometida que Gabo logró plasmar en libros como Cien Años de Soledad. Pues, ¿no es el monstruo de The Shape of Water una divinidad en su propia y mítica tierra? Únicamente fue traído a la humillación cuando, como si fuera un Adán expulsado del paraíso, se lo llevaron a los EEUU.

Otro ejemplo de que Guillermo es un hijo del Realismo Mágico puede verse en el Espinazo del Diablo. Aquí entramos a la cruda historia de unos niños en la Guerra Civil Española. Aunque la historia va más allá que un retrato de la violencia en períodos históricos para abordar la culpabilidad y el recuerdo de los muertos en nuestro día a día. Algo que, sin duda alguna, vuelve a remitirnos a ese culto que los mexicanos damos a lo ausente, como en el Día de Muertos.

Tal vez para algunos esta relación entre Guillermo del Toro y el Realismo Mágico parezca exagerada, pero como todo lo imposible que sucede en nuestras tierra, a veces es válido ver hacia lo que creíamos conocido con nuevos ojos para encontrar lo insólito. Un acto poético que sin duda hace del trabajo de Guillermo del Toro aquellas mariposas amarillas que el cine hollywodense hoy en día necesita.

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