La realidad como un todo

Los detalles más discretos son los que en perspectiva se desahogan sin control al contacto. En ratos lo hacemos, como nunca. Sentimos las pausas rebatirse en un plano comparable con lo etéreo.

Pero al apagar las luces, fallamos en la técnica de entablar el diálogo que nos conduzca a un lugar más allá de lo intrínseco. Porque si negamos la existencia de nuestra posible realidad, sería imposible pensar si realmente existimos. Y es cierto, hay lagunas que al hablar se llevan las puntuaciones de nuestra propia entonación. Donde cada pregunta se convierte en una afirmación y en lugar de dudas, nos evidenciamos con lo concreto que llegan a darnos el intercambio certero de caricias.

La realidad como un todo

La intención de momento tropieza. Desvanecemos la evidencia de cualquier imagen creada y proyectas una idea errónea de lo que en absoluto desconoces. Es cuando encontramos en las siluetas el contexto exacto para el tiempo.

Pues la memoria no ve más allá de las acciones reguladas por la paradoja de nuestro espacio. Lo cual parece convertirse en una dinámica reiterada, más que en una angustiosa irregularidad. Sin embargo y sin justificar los hechos entrelazados por lo irracional.

Aplazarás el hilo de cada palabra subsecuente. Pues la realidad como un todo en general no te funciona. Los fragmentos menos lúcidos son los que en principio escondes al calor del recuerdo. Cambiando a cada paso, el flujo material de lo que en potencia no existe y virtualmente se oculta.

La realidad como un todo

Texto de Alejandro Ricaño

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